Maldito duelo, llegaste sin avisar, sin permitirme prepararme para tu llegada. Pero ahora entiendo por qué: es imposible prepararse para tu presencia.
Eres como un tsunami que lo arrastra y se lo lleva todo. Intento sonreír y no tengo fuerzas; y cuando logro esbozar una, viene acompañada de la culpa. Los sueños se ausentan y se transforman en miedos.
Me gustaba hablar con la gente y poder interactuar. Ahora, adoro los instantes de silencio, ese equilibrio entre poder conversar y poder estar en soledad. Me gustaba socializar, y ahora siento pánico cuando me rodea mucha gente: la música, las voces y los estímulos me provocan un colapso mental que llega acompañado de pulsaciones aceleradas, dolor en el pecho y unas irrefrenables ganas de huir.
Así, sin avisar, me lo has arrebatado todo.
Tras 14 años de violencia, llevo diez años buscando entre mis propias cenizas mi esencia, mi verdadera luz. Y ahora la vida vuelve a arder en llamas, pero estas son distintas. Queman tanto que llegan al alma.
¿Y ahora qué hago yo?
¿Cómo vuelvo a buscar mi esencia si me falta una parte de mi corazón, esa parte en la que vivías tú? Quizás deba buscar una nueva versión de mí.
Siempre he sentido que tenía que trabajar al servicio de la gente, poder ayudar a otros a ser felices, a sacarles una sonrisa, a brindarles una razón para seguir. Pero hoy vivo entre llamas que solo yo siento, y que otros intentan imaginar o, peor, se niegan a ver.
No puedo pensar en ser otra versión, pero en algún instante tu luz brillará y se transformará para que pueda brillar junto a la mía. Y así, podré ser esa GUERRERA que aprendió a caminar con tu ausencia y sin tu sonrisa.
Echo de menos tus abrazos, grandullón mío.
Echo de menos tu picardía, mi rubio.
Te quiero: hasta que la última estrella se apague.
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